En la memoria musical del siglo XX hay voces que trascienden el tiempo y las fronteras. Una de ellas es la de Demis Roussos, el cantante griego cuya inconfundible tonalidad cálida y poderosa se convirtió en sinónimo de emoción, nostalgia y romanticismo.
De Alejandría a los escenarios del mundo
Artemios Ventouris Roussos nació en Alejandría, Egipto, en 1946, en el seno de una familia griega que más tarde se trasladó a Grecia tras la crisis de Suez. Desde joven mostró inclinaciones artísticas, primero a través de la trompeta y el bajo, antes de descubrir que su verdadero instrumento era la voz.
En la década de 1960 formó parte de diversos grupos musicales, hasta que encontró su gran trampolín: Aphrodite’s Child, la banda progresiva que compartió con el célebre compositor Vangelis. Con ella alcanzó notoriedad en Europa, especialmente con el álbum 666, considerado de culto dentro del rock psicodélico.
El salto a la carrera solista
A comienzos de los años 70, Roussos emprendió una carrera en solitario que pronto lo llevaría al estrellato. Su estilo, una fusión de pop internacional con raíces mediterráneas, resonó en una época marcada por la búsqueda de nuevas sonoridades. Su imagen —con túnicas coloridas y una presencia imponente— resultaba tan magnética como su voz.
Éxitos como Forever and Ever (1973), Goodbye My Love, Goodbye, My Friend the Wind y Lovely Lady of Arcadia lo convirtieron en una figura internacional. Su música sonaba con igual fuerza en Europa, América Latina y Medio Oriente, conquistando públicos de distintas lenguas y culturas.
Ídolo de masas y símbolo atemporal
Durante los años 70 y 80, Roussos se consolidó como uno de los artistas más populares de la canción romántica. Su voz profunda, cargada de matices, era capaz de transmitir tanto alegría como melancolía. En paralelo, su estilo visual, que rompía moldes y evocaba un aire casi místico, lo transformó en un ícono inconfundible.
Aunque vivió altibajos en su carrera —incluyendo un secuestro en 1985 durante un vuelo de TWA del que salió ileso—, nunca dejó de cantar ni de mantener el vínculo con su público.
Legado de un romántico universal
Demis Roussos falleció en Atenas en enero de 2015, a los 68 años, dejando tras de sí una obra que supera las barreras del tiempo. Su música sigue sonando en radios nostálgicas como la nuestra, recopilatorios y homenajes, recordándonos que su voz fue capaz de unir continentes en un mismo sentimiento.
Su legado se resume en algo sencillo y eterno: la capacidad de emocionar. Para muchos, Roussos fue más que un cantante; fue un puente sonoro entre el Mediterráneo y el mundo, un artista que supo dar universalidad a lo íntimo y poesía a lo cotidiano.